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Frontera

Lunes, 16 Diciembre 2013 23:30 Escrito por Blanca Gonzalez Rosas

 Apoyada por la Fundación Pollock-Krasner, la mexicana Marisa Boullosa realizó un interesante proyecto que sobresale proyecto que sobresale por el tema, su interpretación y la experimentación formal. Realizado de julio de 2010 a julio de 2011 bajo el título de Frontera herida, el conjunto de 25 obras aborda la ingenuidad, dolor, esperanza y fragilidad que viven los jóvenes migrantes al ser deportados a México después de cruzar la frontera.

Exploradora constante de las posibilidades expresivas que brindan los medios impresos tradicionales, Boullosa ha desarrollado un vocabulario que se basa en la expansión de la gráfica y la fotografía en hibridaciones bidimensionales, objetos e instalaciones. Creadora de una estética sutil que incide en la transmutación de las texturas visuales en metáforas emotivas y evocadoras, la artista genera imágenes que trascienden su tiempo y localidad a través de poéticas nostálgicas que fusionan el dolor con la belleza.

Reconocida por el proyecto Migrant-Migrantes=USA (2003-2006), en el que asimiló la vulnerabilidad de los europeos, que llegaron a Nueva York a principios del siglo XX, con la agresiva realidad que viven los latinoamericanos que ingresan por la zona cercana a Houston, Texas, Boullosa se impone ahora con una propuesta que sobresale por su solidez conceptual y formal.

Concebido como un conjunto de metáforas que presentan y evocan actitudes, creencias e imposiciones del poder relacionados con el acto de migrar, el proyecto Frontera herida se inició con experiencias directas que tuvo la artista con jóvenes de 13 a 17 años en un albergue gubernamental para deportados en Nogales, Sonora. Un lugar en el que la desesperación, el miedo y la desesperanza se materializan como huellas en heridas corporales por tratar de saltar las púas fronterizas, pies lacerados por las caminatas, escapularios sudados, crucifijos, sellos de repatriación y listas de objetos consignados. Fotografiadas, fotocopiadas y convertidas en gráficas intervenidas e imágenes heliográficas que transitan de la bidimensión a la tridimensión objetual, las huellas de los migrantes se convierten en presencias perturbadoras que oscilan entre el dramatismo, la nostalgia, la realidad y la ficción.

Heridas y cosidas con hilos rojos que, en un constante y homogéneo zigzagueo laceran todavía más las evocaciones simbólicas, las piezas se enriquecen con la reinterpretación de vestidos infantiles que remiten a las celebraciones populares y, sobre todo, con numerosos delantales que significan la identidad y el trabajo de las mujeres mexicanas en Estados Unidos.

Expuesto de manera fragmentaria durante este mes en la Bienal de Puebla de los Ángeles –en donde fue la pieza ganadora–, y también en la expansión del Festival Cervantino en San Miguel Allende, el proyecto Frontera herida merece conjuntarse en algún espacio de la Ciudad de México.

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