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El arte, ese gesto de magia

Viernes, 24 Enero 2014 11:48 Escrito por Angélica Abelleyra
 
Sus caminos han sido terrestres desde siempre. Sus obras denotan un vasto interés en el barro, el polvo, las ramas, el maíz, el amate, la madera, el carrizo. A través de ellos deviene en transformadora de lo orgánico y crea objetos de naturaleza arcaica, ritual y mágica porque allí Marta Palau (1934) encuentra el sentido profundo del arte.
 
Primero fue la pintura. Desde los diez años, cuatro después de haber llegado a México proveniente de Lleida, España, hizo alarde de una vocación en la que alió pinceles y colores. Sus maestros eran catalanes. Bartolí, por ejemplo, revisaba sus dibujos y le daba consejos paternales hasta que un día vio una exposición y dijo sorprendido: “Caray, esto sí era en serio”.
 
Ingresó a La Esmeralda con periodos de descanso (1955-1965), al tiempo que en La Ciudadela le marcaron las enseñanzas en grabado de Guillermo Silva Santamaría mientras que el tapiz lo asimiló en Barcelona, de su maestro Joseph Grau Garriga. Aspirando ésas y otras marcas ajenas, Palau se conduce hacia una misma búsqueda. Sea con la pintura, el grabado, el textil, el dibujo o la cerámica aborda los espacios para investigar en los ritos y el concepto mágico de la vida.
 
En sus esculturas hay cierto ascetismo, una simplificación de la forma. En el tapiz explota la dimensión táctil, desde la urdimbre en el muro hasta el volumen de los objetos anudados. Y en sus instalaciones emana un aire tribal y mágico como en Cascada (1978), Mis caminos son terrestres (1985), Recinto de Chamanes (1987) y Bastones de Mando (1986) que salieron de la pared, abarcaron espacios más extensos e inundaron salas de museos y bienales en México, Brasil y Cuba, hasta 1988, en que otra etapa se evidenciaba con el nacimiento de sus nahuallis: nombre en náhuatl para señalar a las hechiceras, brujas y mujeres protectoras que desde entonces no la abandonan en sus cuerpos pequeños de cerámica, madera o amate.
 
Inmersa en la tierra y los mitos, Palau no podía desligarse de las etnias que todavía pueblan Baja California, estado al que se liga desde hace más de 40 años pues comparte su vida profesional entre Tijuana y el DF. En los parajes del norte conoce a los cochimís, a los cucapá, a los kiliwas, a los pai-pai y a los kumiai. De algunos ha retomado la forma de sus manos para vestir un mural, de otros su sapiencia para tejer la palmilla o moldear el barro, de unos más graba sus canciones en lengua original o conoce sus oficios de caza y recolección más no de cultivo de la tierra porque para ellos ésta es sagrada y no debe ser horadada.
 
Así, a la manera de los paisajes rupestres en las cuevas de Baja California, imagina y recrea el devenir de las etnias en Los que quedan, lienzo de 45 metros en el Centro Cultural Tijuana (febrero de 2001); dispone la marcha de unos 250 pies hechos en vinílico para su pieza Nómadas; elabora ofrendas a las cinco etnias norteñas que aún resisten la modernidad mexicana y hace homenajes a Lázaro Cárdenas por su apoyo al exilio español durante la Guerra Civil.
 
Fibra de coco. Hoja de maíz. Henequén. Amate. Algodón. Madera. Cerámica. Mediante esos y otros materiales, Palau trata de escuchar el orden secreto de las cosas, dice la artista Laura Anderson. Y la sentencia le queda como anillo al dedo a esta creadora de recintos encantados.
 
Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (08/julio/2001). Integra el libro editado por la UANL. ©De la autora.
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