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Investigar con diversión

Jueves, 23 Enero 2014 12:16 Escrito por Angélica Abelleyra
 
Antes fue una feminista furiosa. Pero hoy es mamá apapachadora tanto en la casa como en la escuela. Y a tal grado llega su halo protector, que le encantaría convertirse en la Sara García de las artes visuales. Mónica Mayer (DF, 1954) no se toma en serio casi nunca. Ni cuando hace voz de abuelita sin dientes ni cuando le ponen algunos motes como “precursora del performance”.  La da risa la supuesta autoridad “porque se me hace que todo pasó hace poco tiempo. Además uno sigue en la búsqueda y se mantiene igual de perdido que cuando empezó con estas travesuras”.
 
No advierte en ella clasificaciones, y menos cuando se relacionan con su trabajo multiusos; ese amplio y variado espectro que entiende como un todo en su producción artística: el dibujo, la electrografia, el performance, la instalación, el arte conceptual, la producción de radio, la edición, la traducción,  la fundación de revistas virtuales además de articulista, conferenciante y maestra en arte.
 
Para Mónica no son oficios distantes sino “retos” que contempla como una profunda reflexión social para “hacer que el sistema artístico funcione mejor que ahora, como nosotros queremos”. Nosotros. Mónica Mayer siempre habla en plural. Tal vez sólo individualiza cuando se refiere a su labor más íntima con la gráfica digital, esa que se colma de casas vacías y de trazos entorno de la maternidad, el aborto, la menopausia y el cuerpo femenino. El resto del tiempo se mira acompañada por Víctor Lerma, su esposo y cómplice en proyectos culturales. Algunos de ellos: Pinto mi Raya, galería de autor (1989-1992) que después se convirtió en plataforma de proyectos de producción como la carpeta de electrografía “Mimesis”, la recopilación de crítica de arte denominada “Raya. Crítica y debate en las artes visuales” y las “Ediciones al Vapor” que ya han dado fruto en los volúmenes “Una década y pico: textos de performance” y otro alrededor de mujeres artistas (ediciones de 25 ejemplares).
 
Especializada en el arte feminista, debate, expone y analiza esta especificidad creativa, más desde el lado de la experiencia que el de la academia. Luego de formarse como artista visual en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, en 1980 obtuvo la maestría en sociología del arte en la Universidad de Goddard (Los Ángeles, California) y participó en el Feminist Studio Workshop (Los Ángeles, California) durante dos años. En 1993 fundó el grupo de arte feminista “Polvo de Gallina Negra” (con Maris Bustamante) y realizó acciones plásticas sobre la mujer en la sociedad y la pareja.
 
No es de las idílicas que asumen haberse decidido por el arte a los tres años. Si acaso optó por el camino creativo fue por eliminación: no le gustaba ni la química ni la economía así que pensó en Ciencias de la Comunicación. Pero como la directora se asustó cuando le contó que su mamá se había tratado de suicidar y que su novio inglés había decidido ser gay, optó por irse a San Carlos para que mejor la espantaran a ella.
 
Así, ingresó a estudiar arte y siguió los pasos de su madre, cuando acudía a La Esmeralda a tomar clases de pintura aún embarazada de la futura creadora. Esa que se convertiría en feminista furiosa, maestra alivianada, escritora llena de desparpajo que diserta sobre temas variopintos que le proponen sus escuchas: ¿cómo me debo de vestir para ir a una exposición?, ¿los artistas nacen o se hacen?, ¿qué hago si mi hija de 14 años quiere dejar la escuela para pintar?
 
Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (11/noviembre/2001)

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