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Apropiaciones perversas

Jueves, 19 Diciembre 2013 11:28 Escrito por Angélica Abelleyra

Insistir en la pintura

Le interesan los pliegues, las arrugas, esas marcas que la vida va dejando como rastro en los cuerpos. También le gustan aquellos surcos y senderos provocados en objetos cuando los estrujamos para construirles nuevas presencias. Y en esa atención a lo menos bello y quizás grotesco, Rocío Gordillo (DF, 1980) crea atmósferas donde el humor destaca junto al énfasis en las pequeñas cosas.

Su interés primero fue el mundo de la moda. Quería ser diseñadora. Pero logró involucrarse en la confección de ropa sólo un semestre ya que en vez de hacer vestidos, producía piezas escultóricas. Las ceras y acrílicos tomaban la delantera en sus manos, antes que sedas y algodones. Supuso que la nueva dirección sería la pintura así que entró al Centro Libre de Arte y cursó talleres en la Casa de Cultura de Coyoacán. Sin embargo el cierre de la escuela hizo que trasladara sus pasos hacia el Instituto Allende (San Miguel Allende, Guanajuato) donde hizo la licenciatura en Artes Visuales.

Traía la enorme influencia de la lectura de Anhelo de vivir y la carga emocional que Vincent Van Gogh había dejado en aquellas páginas gracias a la escritura de Irving Stone, así que disfrutó con creces su paso por aquel instituto incorporado a la Universidad de Guanajuato, donde aprendió a experimentar el ejercicio pictórico. Sus maestros de entonces fueron Ignacio Maldonado y Javier Hinojosa, además de Ana Quiroz, quien cubrió una laguna universitaria lamentable en términos de análisis y teoría del arte contemporáneo.

Cuando concluyó su formación guanajuatense, retornó a la ciudad de México y empezó con el collage. Camarones secos, ropa, velas, huesos y retazos de galleta fueron elementos que incorporó a las telas. Esas superficies denotaban un poco el caos que ocupaba entonces su cuerpo y su mente. Pero cuando descubrió la pintura sin aquella carga objetual, dice que encontró algo del orden que quizás requería y ese proceso más reflexivo de la pintura le empezó a dejar más satisfacciones.
Fueron momentos paralelos a su nexo con el hinduismo, la práctica del yoga y la meditación que la llevaron a un viaje largo por la India. Rostros ajados y con mucha carga de existencia le llevaron a afianzarse en la pintura y a ver de otra manera el retrato. Sacó cientos de fotografías de ancianos y adultos que le mostraron caras que salían del prototipo de belleza occidentalizada y llegando a México seleccionó algunas imágenes para llevarlas al lienzo.

Con su atención puesta en cada línea corpórea, Rocío empezó a indagarse como retratista, tanto de rostros ajenos como del propio. Acrílico y óleo han sido desde entonces los materiales que imprime en capas y capas de pintura en un proceso detallado y lento. Y luego de estas presencias solitarias de mirarse en espejos diversos, la pintora empezó a retratar a parejas ajadas, plagadas de arrugas en su convivencia cotidiana.

Le solicitó a dúos de amigos que le mandaran sus retratos, ella imprimió los envíos, hizo una bola de papel de cada uno y empezó a plasmar en pintura las nuevas fachadas: los cambios en un ojo o en los labios o los cachetes que adquieren con cada movimiento gestos sorprendentes. Todos han sido experimentos para responderse a temas insondables: la impermanencia, la existencia / inexistencia del yo, la multiplicidad de caras que portamos y las arrugas como registro palpable de la vida.

Marcada por la literatura de Paul Auster y el arte de Francis Bacon, dice que también son sus referentes creativos lo mismo la brasileña Adriana Varejao que Jenny Saville, Elizabeth Peyton y John Currin. Se siente un poco solitaria en el marco de su generación, tan poco proclive a la pintura, aunque asume un guía en Daniel Toca, su compañero de escuela y con quien ha disertado sobre el quehacer creativo desde hace muchos años.

Obsesiva, interesada en el realismo que imprime en sus telas -más no al hiperrealismo del que se siente ajena- su reciente incursión es el mundo de los insectos, los seres vivientes más numerosos en el planeta que denostamos o simplemente olvidamos. Abejas, moscas, abejorros y un enorme abanico de animales que a ella le asombran en su estructura corporal tan extraordinaria, perfecta, sutil. Y los coloca como Antrópodos enamorados o en Apropiaciones perversas. Insectos en el acto amoroso sobre objetos de diseño, o una abeja sobre el enorme pene creado por Jeff Koons, más la famosa caja vacía de Gabriel Orozco ocupada por otros animales invertebrados. Halo humorístico de los insectos en cópula sobre objetos de culto del arte contemporáneo. Adición insectos + sexo + diseño.

Para Rocío esta confluencia es crear otro discurso, no es burla hacia dichas piezas sino una especie de guiño hacia los artistas que admira. También plantear la pregunta ¿a final de cuentas para qué sirve el arte? Y para ello toma además de la mano a Murakami, Nina Saunders y Los Carpinteros.

A sus 29 años, Rocío sigue insistiendo en la pintura. Cuando ha tratado de incursionar en la escultura o la instalación, siempre retorna al ejercicio de plasmar en tela tanto acrílico como óleo. Disfruta oliendo los materiales y le gusta estar en contacto con esa corporalidad matérica y hasta energética que no le da otros procesos. No le dice nada el término emergente, pero sí se siente afortunada de poder vivir ya de su trabajo y formar parte de dos galerías. Por lo pronto, tiene su vista puesta en Brasil, en donde espera hacer su maestría en arte y seguir persistiendo como pintora, quizás ahora experimentando con el temple.
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