El banquete de las ninfas
Por Angélica Abelleyra
Niña Yhared nos conduce por el lenguaje divino del cuerpo. Traza en palabras y en imágenes la sutileza de las carnes y los aromas del deseo, el dolor, la soledad, la pasión y la imaginación. Hay muerte, pero persiste el latir de los torsos, el oleaje, la vida en un río continuo.
Durante unas dos semanas leí El banquete de las ninfas por las noches, cual debe ser por los tonos sublimes y los aires sensuales que aquí corren. Sin ruidos externos, acaso el mío, mi respiración, y la compañía de la luz tenue de la lámpara. Y desde que abrí el volumen publicado por Ediciones Cante, Centro de Arte y Nuevas Tecnologías de San Luis Potosí, me hice cómplice del centenar y medio de páginas. Y es que el epígrafe de Clarice Lispector me hermana con ella. Leemos: "Me dedico sobre todo a los gnomos, enanos, sílfides y ninfas que habitan mi vida". Y así como a Lispector la ocupan seres tan llenos de sombras y fulgor, a Niña Yhared -y espero que a muchos lectores- la colman estos seres que pueden aliviar el letargo, el horror, el sinsabor vital que acontece en la realidad, esa de allá afuera.
Pero aquí dentro, en este libro y entre nosotros, transcurren universos ligados a la fantasía, a la comunión de carne y espíritu que se tocan misteriosamente, a veces sin orgasmos. Los relatos, junto con las acuarelas y tintas, se acompañan con ricura en este devenir de renacimientos y muerte, de sueños y espera. Para ello, se hace de otras complicidades: Anaïs Nin, Pablo Neruda, Alaíde Foppa, Rafael Alberti y Remedios Varo, conduciéndonos con su poesía y sus presencias por la infinita materia de la mente y de las emociones. Los otros partícipes somos, en efecto nosotros, que no dejamos de recorrer las páginas con ojos y manos para tratar de palpar tanto encaje, flores, veladuras, contornos gozosos.
Niña Yhared, como en el cuento "El palacio de las máscaras" respira los aires de 60 / 70 años atrás; retrocede más de medio siglo en la búsqueda de varias fantasías. Ama el arquetipo de la mujer de cabaret; sucumbe ante zapatos y ropa de aquellas épocas y en sus performances se viste como aquellas mujeres llenas de glamour: vestidos ajustados, medias con liguero, guantes largos, sombreros, seducción y misterio por igual. Pero no se queda petrificada en el pasado. Trae rasgos de otros tiempos y los sitúa en la contemporaneidad para darnos una mirada crítica en temas tan vigentes como la violencia hacia las mujeres, el juego de poder en las relaciones de pareja, los deseos reprimidos, las miradas oblicuas, las perversiones que a todos nos invaden.
Otras veces se vuelve casi cometa para surcar los aires del universo y ver de cerca la bóveda celeste, las partículas de estrellas. Como dice Alaíde Foppa "ser diosa, ser universo, ser galaxia, ser estrella o polvo cósmico". O también la creadora de estas ninfas se va al interior de las anatomías humanas para recorrer arterías y conductos de energía que nos iluminan y dan aire, tonos y emociones polifónicas. Como esas láminas, "Los espejos sagrados" se llaman, donde Alex Grey nos transporta al cúmulo de energía desbordada que somos.
En sus 35 cuentos y 36 imágenes con pulcra edición, esta ideadora de sueños relata de muchas maneras la imposibilidad del amor pero su correspondiente y eterna búsqueda... así como el intento de hallar el alma, el ser propio, en escenarios de oscuridad, dolor, silencio, violencia calma, extinción pausada. Sus mujeres, sus ninfas habitan todos los espacios: los posibles e imposibles. Cuartos de hotel, galaxias, tiendas de lencería, recámaras de hogar y también la calle; el centro de la Ciudad de México como contexto del encuentro amoroso, diurno, que desafía todo, incluso a los amantes. .
Hace ya varios años la entrevisté y me habló de su nombre que significa camino a la inteligencia, también subrayó el año 1814 que siempre la acompaña y que es la misma fecha de fallecimiento del Marqués de Sade, una de las presencias que la determinan en su mirada del mundo. Recordó su paso por la Escuela Nacional de Artes Plásticas y su trayecto entre tintas y plumillas, pinceles y bastidores para delinear las hadas y las diosas que ahora inundan este libro; personajes que se atreven a gozar de su erotismo, sus cuerpos e ideas.
Pero no sólo en la palabra escrita y los trazos con tinta y acuarela es que plasma sus universos metamorfoseados. Lo ha hecho desde hace muchos años en performances que tienen como sede la calle, una estación del metro, una playa, un cabaret. Y ha abierto su casa, la Casa de la Niña, situada en Coyoacán, como foro autogestivo que convoca desde hace seis años a decenas de artistas de México y del extranjero para que presenten sus propuestas de arte acción. Así, ha trascendido la individualidad que implica escribir o dibujar y comparte sus inquietudes con colectivos que hacen del performance una forma creativa, en ocasiones velada y muchas veces frontal de abordar la realidad tan inasible y contradictoria que vivimos.
Entre todo esto, en aquella plática me llamó la atención una palabra que le fascina: HECHIZADA. Así vive ella, con el hechizo en la mirada gracias al cual puede encontrarle rasgos afines a esa condición en todo lo que la rodea: mujeres, hombres, animales, piedras, fantasmas, sombras, sueños. Producto de ese hechizo es precisamente El banquete de las ninfas, que seguramente a todos ustedes dejará satisfechos, aunque esperemos que no logre saciar del todo sus intenciones de continuar amando y erotizando sus vidas.
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