EL RITUAL AMOROSO DE LA BRUJA ELÉCTRICA: POLA WEISS (1947-1990)
por Salvador Mendiola, Hortensia Moreno, María Adela Hernández Reyes, Gloria Hernández y Candy Mar
A mediados de los años setenta Pola Weiss viaja a Europa con una beca universitaria para realizar investigaciones sobre televisión artística, experimental y educativa en la BBC de Londres, la VPRO de Holanda, la OFRATEME de París y la RAI de Italia. Se pone al día sobre lo que está ocurriendo con el nuevo medio como objeto y sujeto estético, descubriendo el valor de los trabajos con cámara portátil, la herramienta esencial para el videoarte. Cuando regresa a Mexicalpán de las tunas y habla de eso, todo mundo la ve como si de veras viniera de Venus o de un sitio más raro todavía; en esa época ¿quién podía creer que la tele fuera arte o siquiera una cosa inteligente? Aunque, bueno, también hubo gente como Gustavo Sainz que la retroalimentaron bien en todo eso, gente que estaba efectivamente conectada en esa frecuencia y esa dirección, la comunicación eléctrica radical.
En 1976, durante un viaje led-zeppelinesco -- “The Song Remains The Same” -- a la ciudad de Nueva York, entra en contacto con la gente freak dedicada a fondo al videoarte. Allí presencia la exhibición de algunas obras de Nam June Paik --a quien se considera hoy día como uno de los grandes creadores del videoarte. El efecto del encuentro será contundente, Pola ya no duda ni por un instante, de inmediato se da cuenta de que así es como ella desea expresarse. Su camino es el arte que desconstruye el arte a través de la performance y la electricidad.
Ya para 1977, doce años después de que Nam June Paik iniciara el videoarte, Pola Weiss se autodenomina "teleasta" y realiza su primera obra en audiovideografía electrónica: Flor Cósmica (15 minutos). Todo fue hecho, literalmente, con sus propias manos, sin sofisticación tecnológica alguna, en la más absoluta independencia y autonomía. Sin modificar gravemente la estructura institucional del aparato TV; pero generando significados por completo anormales, hiperestéticos, sin relato lineal, sin cuento burgués. Imágenes más próximas a la escultura cinética y la música electrónica que a la TV comercial o la pintura.
Contra lo que dice la leyenda: la novedad y calidad de la obra de Pola Weiss muy pronto fue reconocida por una selecta y apreciable minoría, desde sus primeros experimentos hubo público capaz de valor la importancia y profundidad de sus obras, tanto en audiovideografía como en performance, instalación, ambientación y todo lo demás que signifique desconstrucción del arte burgués que ella practicó. Así llegará a ver exhibidas en 1979 tres de sus obras (Todavía estamos, 12 minutos; Cuilapan de Guerrero, 8 minutos; y Los muertos en Etla, 2 minutos) en el Centro Georges Pompidou del Museo de Arte Moderno de la ciudad de París.
Un elemento determinante en las obras audiovideográficas de Pola Weiss es precisamente la banda de audio, su inteligente uso del sonido y la música en la construcción del relato audiovisual. Terreno donde resalta de inmediato la originalidad de esta poeta. En muchas bandas sonoras la música, con la dirección de Pola, fue compuesta y ejecutada por su amigo Federico Luna, en otras fue creada por su hermana Kitzia Weiss y en otras Pola empleó música pregrabada. Siempre el resultado para el oído fue la expresión dialéctica del sonido y la figura visual. Música electrónica. Nunca emplea la banda sonora como un pleonasmo.
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