Susana SIerra Pintora  
     
 

Susana Sierra: de pintura, meditación y movimiento
Por Angélica Abelleyra

No es de muchas palabras. Y cada una la medita y luego la suelta con algo de incertidumbre. Será su nexo con la filosofía oriental donde lo existente es unidad, energía, duda; será su propio ser proclive a la sutileza, lo cierto es que Susana Sierra (DF, 1942) traslada a cada una de sus telas un sentir tenue, lleno de silencios, códigos sin aparente significado, piedras y enigmas.

Desde los doce años tuvo un gusto especial por la abstracción. Manchar cartulinas, lanzar pintura sobre las superficies de papel era lo que la animaba. En medio de una familia que no la motivó en el del arte, hizo sus primeros ejercicios en la poesía. No tomó ningún taller literario, se afanaba en escribir y sin embargo en su cabeza permanecía ese nexo adolescente con la pintura.

A los 18 años, fue a Roma para estudiar Historia del Arte. En la capital italiana y en París conoció el abstraccionismo europeo y mientras la gente en general decía que era un arte raro, sin factura perfecta, a Susana le gustaba el aire libre y despreocupado de esa forma de plasmar en una tela el mundo.

La pintura estaba ya en su camino pero faltaban 7 años para empezar a recorrerlo con cierta constancia. Primero se casó y se volvió burguesa. Su vida estuvo llena de fiestas y cocteles aunque empezó a tomar clases con Roger Von Gunten y junto a su maestro se sumergió en la figuración. Ese aprendizaje pictórico la marcó de manera definitiva y sin embargo lo que modificó su estar en el mundo fue la meditación. Esa práctica para que la mente se aquiete fue auto descubrimiento y el camino de ser atípica en la socialité que frecuentaba.

“Quiero ser pintora, me voy a San Carlos y me vestiré como quiera”, decretó, y acudió a la escuela de pintura en donde encontró a Manuel Felguérez como el guía fantástico que la hacía vivenciar cada una de las tendencias del arte del siglo XX y las anteriores. Así, Susana y sus compañeros hacían ejercicios a la manera de los impresionistas o los expresionistas; cuando tocó el turno al abstraccionismo matérico y  a la abstracción desarrollada en Estados Unidos por los años 50, Susana percibió en ella una resonancia que la hizo adoptar ese lenguaje ligado a la materia.

Desde entonces, su paleta está plagada de texturas, materia densa, esgrafiada y craquelada por la combinación que hace de materiales como el óleo, las resinas, el caolín, los acrílicos, la piedra pómez, el polvo de mármol. O telas cubiertas por manta de cielo. O fragmentos negros que semejan guardar un secreto en una parte de la superficie impregnada de capas de pintura.

Esa cualidad matérica le ha fascinado. La encuentra llena de sensualidad, calidez, juego. Además, le dio pauta para una danza. Y es que sus cuadros nunca han sido pintados desde un caballete o una pared estática. Cada cuadro lo acuesta, lo voltea, haciendo que su cuerpo ser ligue al proceso.

Eso, el proceso, es lo que le importa; la acción ligada a su pasión por la filosofía oriental de buscar la espontaneidad y la fluidez de colores, manchas, formas. De esta manera ha dado origen a series como Símbolos, Las piedras del espacio, Inmanencia y Vislumbres, presentadas en galerías y museos de México, EU, España, Japón y Suiza.

 Alimentada por la música clásica y oriental, con asombros continuos por la irreverencia del arte contemporáneo, considera que el arte abstracto es vigente y tan antiguo como las cuevas donde se conocieron los primeros visos. En su caso es una necesidad de expresarse desde que adolescente gustaba de manchar papeles e interrelacionar colores sin conocimiento; sólo impulso.

Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (12/febrero/2006)

 
     
 
 
 
 
 
Sólo tienes que pasar el puntero sobre la viñeta para apreciar la obra en tamaño mayor.

 

1. Filamentos III
2007
200 x 100 cm.

2.Filamentos IV
2007
300 x 120 cm.

     
 
 

 

 
   


 
 
       

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