Sarah Minter: a modificar narrativas
Por Angélica Abelleyra
La memoria es su búsqueda. Esa memoria inconclusa, inconexa, autónoma, caprichosa, lúdica. Y es mediante la imagen en movimiento que Sarah Minter (Puebla, 1953) capta esa memoria, la reconstruye, la edita, la añora, la intuye y la comparte en el video como su forma de aprehensión de muchos mundos.
Su gustó por la imagen comenzó con el cine, como simple espectadora, pero el amor por crear otros mundos se refrendó con el teatro, cuando formó parte del grupo del argentino Juan Carlos Uviedo y el entrenamiento corporal le ayudó a comprender (se) más allá de la vida diaria. Cuestiones de supervivencia la llevaron sin embargo a meterse de lleno al diseño gráfico; confeccionó portadas de discos, hizo promoción editorial con dípticos y se ejercitó en la fotografía comercial hasta que ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) y por accidente se acercó al video.
Estando en la escuela no le interesó crear largometrajes a partir de la ficción; quería ser independiente así que por razones de economía financiera, de trabajo y de difusión, desechó la cámara de cine y optó por la de video, que le abría más posibilidades creativas.
Su primer equipo lo compró en 1982, año en que Pola Weiss ya había realizado mucha obra en un contexto mexicano poco propicio para acoger a los creadores en este medio. Aunque en la década de los 70 habían sucedido eventos relacionados con el video en Casa del Lago y el Museo Carrillo Gil, fue hasta 1986 que las actividades alrededor del video empezaron a ser continuas y constantes. En aquella fecha se realizó el primer festival llamado Videofilme, donde Minter ganó el primer premio con la pieza Nadie es inocente (1987) sobre las bandas punk en Ciudad Nezahualcóyotl : una cinta donde quedó plasmado su interés por la marginación social y por involucrar a los interesados en la confección de su propia historia. Sin embargo, entonces el género estaba más indefinido que ahora y la pieza fue premiada tanto en festivales de cine como de video, de documental y de ficción.
Con una larga trayectoria como maestra en Casa del Lago y La Esmeralda; jurado en bienales y curadora de múltiples exposiciones en México y el extranjero, Sarah empezó entonces a situarse del otro lado de la cámara. Su trabajo se tornó auto referencial pues esa “llave” que es una cámara en el sentido de abrir puertas “para que la gente muestre su alma”, giró frente a ella y empezó a auto nombrarse con la imagen.
Primero tuvo que dejar la labor docente que sumaba seis años, pues consideró que la experiencia académica y crítica había inhibido su creatividad. Luego cerró su casa, hizo maletas y viajó a Berlín. Allá, sin exigirse nada y sin plan previo, recreó sus acciones, su devenir diario lejos de una narración lineal y conexa y más cerca de una síntesis de la naturalidad de los eventos cotidianos. Eventos que al videograbarse, editarse y mostrarse en pantalla de un sitio público, han ido generando reacciones tan extremas en los auditorios como considerarlos naturales o subversivos o violentos y hasta pornográficos.
A Sarah, las lecturas disímbolas le parecen interesantísimas, acordes a los contextos sociales en que ha presentado su trabajo por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Cuba, Puerto Rico, Bolivia y México, países donde también han sido premiadas algunas de sus piezas que son recuerdos ficticios o retratos que espejean la realidad como Video road, Alma punk, Hikuri, The first bath (El primer baño) e Intervalos. En todas, muestra una sencillez de recursos formales y constructivos donde sus acciones “representan mi propia pequeñez, mi propia dimensión humana de un ser entre seres”. Con esa tesitura, desde hace varios años prepara el proyecto Multiverse, donde a través de la video instalación, espacios interactivos en la red Internet, videos lineales y un largometraje, abordará las comunidades utópicas que pueblan el mundo, es decir, aquellos conglomerados sociales donde “hacen posible el sueño de ser de otra manera” en lo político, económico, social, espiritual.
Sarah ya ha investigado en sitios europeos y espera hacerlo en otros continentes, a partir de apoyos económicos que muchas veces llegan de otros lados y muy pocas ocasiones de México, donde se siente desatendida mientras ella asume haber elegido ir a contracorriente. “Ese es mi destino, algo inherente en mí. Pero ya tengo la piel dura”, ríe Minter, agarra su cámara, deambula con ella y ante ella, y continúa modificando narrativas.
Texto publicado en La Jornada Semanal, 8 de julio de 2007
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