Luna Maran Videasta  
 

Luna Maran: Cómo mirar sin bicicleta

Luis Manuel Amador

Cuentan que Tales cayó al fondo de un pozo por contemplar el cielo estrellado bajo la noche. Seguramente no había luna en el cielo. Era un tiempo en el que no se sospechaba siquiera la existencia de lo que, en sustitución de ese posible paisaje que vislumbró el oriundo de Mileto, debemos hoy a los telescopios y al arte de la fotografía. Nuestra fotógrafa nació en el mismo pueblo en cuya laguna un día estuvo a punto de morir ahogado su paisano, Benito Juárez, por andar distraído en pos de alguna música.

Luna Marán (1986) comenzó a estudiar fotografía en la Fundación Comunalidad A.C. bajo la guía tutelar de Mariana Rosemberg. Era el taller de fotografía en Guelatao de Juárez. Ese primer trabajo suyo consistió en registrar imágenes que retrataran su realidad desde un contexto intimista: su pueblo, su escuela, su familia, su casa. Ganadora de una beca de la Fundación John D. y Catherine T. Mc Arthur a la edad en que el único premio que suele obtenerse es una credencial para votar, desde entonces no ha cesado en sus indagaciones con la mirada puesta sobre instantes cercanos, aún entrañables a pesar de pequeños. Un guiño potenciado y perdurable en los disparos fotográficos.

En sus imágenes, el hilo conductor, germen de su lenguaje que evoluciona, ha resistido temperado en las causas más próximas a la memoria de la infancia que a los discursos del un lenguaje abstracto. Algunas de sus fotografías son designaciones, sentencias breves, posesivas (“Mi muñeca”, “En mi escuela”, “Autorretrato”), posesiones compartibles, no obstante, a través de la fotografía tras la alquimia del laboratorio. No podría declarar que la realidad es más real en blanco y negro, como afirmaba Octavio Paz, pero en un mundo donde nuestras posibilidades narrativas han cedido lugar al monosílabo o sus variantes, vale la pena detenerse a mirar lo que nos dice una imagen entre la oscuridad y los blancos, que no pretende contarnos precisamente algo, sino parece recordarnos que la vida, como la infancia, es tan buena porque es breve (“Fui”, “Ojos”, “Miradas abajo”).

Al parecer, vivimos en una época donde no sólo la fotografía en blanco y negro ha cedido su sitio al imperio del proceso digital como único rito, donde el ángel del mirar, propenso al estridente cromatismo y la redada de imágenes publicitarias, omite esa celebración íntima donde se escucha todavía el eco de alguna risa.

Si en sus primeras fotografías Marán optó por revelar el ámbito doméstico de una parte de su mundo, las siguientes imágenes que produjo han viajado más allá de su comunidad de origen, geográfica y discursivamente. La ciudad en ellas se vislumbra como el eco de instantes donde la distracción avanza con insinuaciones indicadoras de ese tránsito que es el viaje del pueblo a la urbe (“En la pared”, “La pierna”, “De cabeza”). Como digresión breve y no completamente enunciadora de la desnudez verificable aparece “La mitad del espejo”, único reflejo de la serie de instantáneas donde también hay una insinuación de despedida y viaje (“Corre”, “Se va”).

Luna Marán es una fotógrafa que, pese a su joven carrera, ha sido considerada en el Festival All Roads Film Project de Los Angeles, Santa Fe y Washington DC; en la Muestra “Caudal del Sur”, del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca; en la 3ª Muestra Internacional de Mujeres en el Cine y la Televisión, México; en el 8º Festival Raíz de la Imagen y en el Festival Internacional de Cine y Video de los Pueblos Indígenas, así como en el 6º “Festival Regional Geografías Suaves” y en el 2º Festival Iberoamericano de cortos “Imágenes Jóvenes en la Diversidad Cultural”, de Buenos Aires, Argentina, 2005, entre otros encuentros. En los últimos cuatro años la fotógrafa ha empleado el video y ha recurrido a la imagen fija como apoyo constante para sus trabajos de video experimental. Actualmente trabaja en un proyecto que tiene como soporte interactivo el DVD, “Miscelánea Homos”, con el que obtuvo la beca Jóvenes Creadores del Fonca, y en el que se propone crear un universo donde el espectador pueda navegar de algún modo dentro de doce distintos mundos consignados en videominutos.

La distracción con que podemos sufrir una caída en la quietud de un lago no es distinta a la que ensimismó a Tales bajo las estrellas. La distracción parece ser un episodio, un lapsus exclusivamente humano. La distracción es la atracción desde algo hacia otra cosa, una especie de arrebato contemplativo capaz de producir al mismo tiempo una suerte de vacío y concentración honda en aras de una vecindad secreta y cierta.

Luna Marán, digámoslo así, sabe nadar y nunca ha tropezado a pesar de su mirada absorta en los rasgos irrepetibles de la geografía que diariamente recorre. Me consta, sin embargo, que ha regresado a casa caminando con pesadumbre ante la pérdida de su bicicleta. La recuerdo esa tarde, entretenida y obsesa, sobre las páginas de un libro o ya no sé si en el rostro de un niño que también aceptaba una invitación a mirar la fiesta de este mundo.
 
 
 
 
 
Sólo tienes que pasar el puntero sobre la viñeta para apreciar la obra en tamaño mayor.
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1. Still del video:
Jacaranda

2. Still del video:
Suben y bajo

3. Still del video:
“DVD La Casa de mi abuela
20 min. Aproximadamente de navegación.
Mini Dv, Mpeg 4, super 8, Película a color y diapositiva a color 35 mm.
Presentado en  el Cine Club “El pochote”
Oaxaca, 2006

 

1. Still del video:
De las Nubes los Dedos
2:27 min.
Película 16 mm B/N
Presentado en el Cine Club Cultural “El Pochote”, noviembre 2005

2. Still del video:
La última sopa
Duración: 1.22
Soporte: Mini DV, super 8 a color, fotografía digital.

     
 
 

 

 
   


 
 
       

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