El día que decidí ser árbol fue hace poco tiempo
por Luna Marán
Desperté un día y no salí de la cama. Me quedé viendo por la ventana a un árbol grande y amarrillo.
Lo vi con su paz, con su belleza, me dio envidia.
Me acordé que tenía muchas cosas que hacer y las dejé caer como ese árbol había dejado caer sus hojas.
¿A dónde ir?...
¿Para qué moverme?...
Entonces pensé en el movimiento del árbol.
Él crece ahí sin presumirlo, en cámara lenta.
Adentro.
Adentro de mí se mueve todo. Siento cómo el ardor recorre mis manos cuando mi alma se estremece. Se estremece adentro y mis manos arden, duelen. Algunos humanos me dicen que las emociones las sienten en su estómago; yo las siento en las manos.
Me arden.
Decidí que quería ser árbol.
Quería moverme de adentro hacia fuera. No importa que nadie se dé cuenta de la revolución que llevo por dentro.
Cada vez soy más fuerte como el árbol que esa mañana me mató de envidia. Crezco en cámara lenta.
Desde el día en que decidí ser árbol, no me acostumbro a ser humano: a las prisas, a las disputas, a todo aquello que cada vez me parece más lejano.
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