Laurie Litowitz : Notas para documentar la liviandad
Por Santiago Espinosa de los monteros
I
En El silencio después de la canción vemos por primera vez trabajos de Laurie Litowitz pertenecientes a distintas épocas. Una lectura en panorama de su trayectoria nos convierte más que en espectadores, en militantes de causas que ella ha enarbolado. Esto lo hace sin la pretensión del astuto politiquillo aventurero, sin sentirse ungida o iluminada poseedora de la verdad absoluta, sin siquiera estar segura que eso que hace viene de más allá que de sus sueños íntimos. Ahí, en esa sencillez, está su fuerza. Por eso ahora somos cómplices de sus preocupaciones y de una especie de conciencia universal que al atisbarse, descubrimos que es la vía que como especie debemos seguir.
Quizá por ellos muchos de sus amigos la hacen depositaria de cuanto objeto extraño encuentran en sus gavetas personales o en el mercado de pulgas. A sus manos arriban como a puerto seguro, piedras, huesos, brazos de muñecos, alas de barro, ramas curveadas, botones, sencillos juguetes, trozos de telas, papeles con texturas, raíces… Alguien que conoce a Laurie no puede ya ir por la vida sin convertirse en un recolector de objetos para ella.
Y no importa dónde esté, si de este o al otro lado del mundo. Sus sorpresas van mutando según se traslada de país en país, mientras esos asombros pasan de ser nostalgia y añoranza hasta madurar en sabiduría arcaica. ¿ Son esas las almas viejas? No sé si el espíritu tenga edad. El trabajo de Laurie es atemporal, como la liviandad o como la memoria selectiva que confunde las fechas para inventar su propia realidad.
II
Laurie Litowitz anda por la vida con muchas misiones sobre la espalda. A primera vista y a juzgar por un trabajo visualmente poético y reposado, parecería que ha decidido andar ligera de equipaje, pero en realidad ha escogido uno de los más arduos oficios que la hacen aparecer a veces como una especie de heroína casi novelesca.
Desde hace muchos años, su preocupación por el entorno entendido como un espacio donde convergen los sentimientos de la globalidad, han marcado su obra poniéndola en un espacio al que accedemos para darnos cuenta de las enormes carencias que tenemos como civilización, como especie, como seres en comunidad.
Uno de los hechos que la empujaron a desarrollar un trabajo en donde la paz, la armonía y el cuidado de la naturaleza fueran los temas primordiales, es lo sucedido el 11 de septiembre de 2001. Como tantos otros autores, cada cual en sus plataformas, Litowitz se ha unido a una suerte de secreta y creciente cofradía que pone el acento en la necesidad imperiosa de conciliar, de pacificar una atmósfera mundial especialmente alterada y violenta, propensa como nunca a las conflagraciones y a los diferendos.
De ahí la gran importancia de esta muestra, El silencio después de la canción, frase que llega hasta ella en sueños y en la que Laurie reúne trabajos referidos casi todos a esta necesidad expresiva conducida a mostrarse universalmente mediante imágenes y palabras, dígalo si no su poética serie de canastos y huevos hechos con seda en los que ha escrito la palabra PAZ en más de 250 idiomas y dialectos.
En este punto es preciso preguntarnos si esas palabras más que escritas han sido pintadas. Aunque los grafismos contengan un significado, también esas formas se apegan más a la manera orientadle no separar la palabra de la imagen. Por ello no importa si vemos palabras escritas en idiomas que no comprendemos o en formas que no nos remiten a nada de lo que conocemos en el mundo concreto; ya encierran un significado claro que se convierte por la mano de Laurie en una conjugación de esfuerzos.
III
La pieza Los cuadernos alados – árboles, es quizá una de las más emblemáticas y significativas de esta exposición. Se trata de viejas carátulas de cuadernos sobre los que ahora han sido situadas fotografías de una cuidadosa selección de árboles que soportaban el riguroso inviernos de Chicago. No se trata de una recopilación azarosa ni fueron escogidos solamente porque tuvieran pocas hojas, sino porque así, en la silenciosa desnudez, dejan a la vista sus nidos, encubiertos durante la primavera detrás del follaje ausente igual que los amantes detrás del bullicio. Estas fotografías impresas en sepias, nos hacen pensar en una vegetación que quizá no está ya más en este mundo, sin embargo, y de alguna extraña manera ese árbol (así, en singular), está nuevamente en pie, ante nosotros, con sus atributos y su estatura, recibiendo con paciencia el viento que le mece, suave o recio, no importa; los árboles vuelven siempre a la misma posición.
IV
Hay una falsa arqueología. Nada de esto aquí es real como vestigio de nuestra especia, de los animales o de las plantas. Todo es tan reciente que podríamos casi conocer a detalle los pormenores de la muerte de los seres vivos que involuntariamente donaron sus huesos; y ahí, en su aparente vejez, en su disfrazada ancianidad está el encanto de la evocación y la memoria secreta de lo que hemos sido. Estos objetos saben más de nuestros orígenes que la más vasta enciclopedia.
V
No hay simulación en las plumas de la serie Los cuadernos alados 1; es como si Laurie Litowitz llevara y trajera las cosas a través del tiempo. Las plumas de un sombrero son devueltas a un periodo más cercano al del ave a las que pertenecieron. En un primordial ciclo de vida estas aves nacieron, volaron, a su muerte su plumaje fue utilizado para refinados sombreros de época y nada más elegante que un tocado con vestigios de trofeo de caza sobre las cabezas de mujeres de la alta sociedad. Hoy esas plumas han sido –siguiendo el proceso a la inversa- , separadas de los sombreros y mostradas en toda su belleza sobre portadas de cuadernos antiguos, documentando con su silencio y quietud la dignidad de nunca más decorar, de no estar nuevamente subyugadas a una prenda.
IV
La estética de Laurie Litowitz me recuerda la estructura de las formas arcaicas, de aquello que se va ordenando por siglos, desde siempre. Cuando recorro su obra mis ojos tienen la misma sensación que cuando estoy ante los secretos revelados de una religión, o de los testimonios de sobrevivencia de las especies. Nada me separa de esa clasificación experimental, como las que hacen los científicos poniendo uno después de otro los pétalos de la flor para medirlos, contarlos, agruparlos separadamente quizá para tratar de engañarnos: sigue siendo un vuelo, las ramas el bosque entero, los nidos el origen del mundo y las nubes la totalidad del cielo.
|