Los grises y sus mundos (fragmento)
Por Samuel Morales
I
Asomarse al trabajo de Laurie Litowitz conlleva un ejercicio de observación más amplio para imaginar el espacio donde se gesta su proceso. En este horizonte, el estudio de la artista se finca en una zona más vasta que la delimita por grandes luminarias naturales con paredes de cristal o de altos y perfectos muros blancos. El ámbito de generación no es estable, se trata de un emplazamiento en continua tensión entre el mundo social –los viajes, las caminatas por el campo de México y de otras regiones, el encuentro entre recovecos con la memoria material de historias no contadas- y el atelier como espacio donde se fragua la negociación con materiales, conceptos, deseos y obsesiones. Así, cada pieza es el vestigio de una situación particular que navega entre la objetividad de las fuentes, los recursos y la subjetividad del proceso creativo. Las piezas de la presente instalación-intervención sn el resultado de un proyecto enfocado pero donde se manifiestan también las constantes de una práctica.
El espacio del trabajo y el espacio referido en la producción de Laurie Litowitz son dos asuntos que captan la atención. El taller como espacio creativo puede ser imaginado de forma acertada como un laboratorio pero también como wunderkammer o gabinete de curiosidades. En el primer caso se somete a prueba procesos de observación, cavilaciones, la exploración de materiales, formas y soluciones compositivas, además de anticipar la manera en que han de ser presentadas las piezas en su último destino, el; espacio de exhibición o la casa de la coleccionista. Sin embargo, como también lo señalamos, el espacio puede tornarse hacia aquellos sitios derivados de nuestro encuentro con grabados antiguos o la reproducción de los mismos que ilustraban aquellos lugares de los siglos XVI y XVII ubicados a mitad del camino de la realidad u la ficción, en una línea de ambigüedad entre lo conocido y lo soñado, entre lo real y lo apenas imaginado; o atendiendo al sentido taxonómico para dar orden, demarcar un lugar y tipo, a aquellas cosas especiales o interesantes que derivaban del encuentro de los pasos del hombre por el mundo. En este sentido Litowitz comparte el interés de muchos artistas modernos y contemporáneos de ubicar en un sitio relevante de su estudio aquellos object trouvé para mirarlos, re-mirarlos, usarlos como referente, trastocarlos, o finalmente incorporar su entidad a una pieza, en caso contrario, devenir en objeto artístico “per se”. La lista de artistas con los que comparten esta filiación a lo largo de la historia de arte sería muy basta. Lo que importa ahora son los resultados presentes y tangibles en este proyecto pues estimulan nuestros sentidos para perdernos entre los detalles y empujan nuestra mente al horizonte de las preguntas. Quizá eso sea lo más importante de nuestra experiencia con el arte, la capacidad de preguntarnos…
II
El espacio deviene en el tema en el curso de sus piezas, no obstante también concepto y problema que apela una solución. En este caso la fotografía en color, que se enfoca y exalta los grises, se mueve entre el proceso de registro en el curso de largas caminatas o puede ser entendida como el momento construcción de una imagen que no necesariamente se repliega al instante de hallazgo. Así objetividad y ficción tensan el hilo de una narrativa no lineal. Una parte importante de la fotografía contemporánea integra esta doble posibilidad de lectura como una forma de subrayar la imposibilidad de alcanzar la objetividad en si o como una línea discursiva que apuesta a enfatizarla poética de la cotidianidad. Resulta interesante el despliegue de soluciones en las fotografías de Laurie Litowitz; a ratos se advierte que por ellas transita un aire surrealista, ya por el uso de ciertos recursos en la composición o la aplicación de algunas estrategias o figuras retóricas que del universo de la lengua se encabalgan en imágenes a manera de dípticos, trípticos o polípticos. Se puede pensar en este sentido en símiles, paradojas, metáforas o metonimias. Subyace entonces una línea de construcción visual que se finca en la analogía más allá del carácter documental de la imagen.
Otro elemento que vienen a enriquecer el discurso de la artista, es la investigación de formas tridimensionales tomando como materia prima la fotografía: receptáculos o contenedores de espacios enigmáticos. De este modo la fotografía es intervenida y de-construida en horizontes y paisajes en gris que despliegan una riqueza de texturas, tonos y matices. Se trata de fotografía ensambladas que integran al interior de si collages, en tanto que otras veces se opta por éste como único medio. Resulta ostensible el interés de la artista por el lenguaje de la escultura al integrar en la solución de sus piezas algunos problemas de proyección de la materia en el espacio, en tanto que otras veces la propia imagen constituye un ejercicio de observación acerca del volumen.
A su vez, el collage establece una identidad entre la representación y lo reproducido; los objetos y materiales extra-fotográficos se integran al universo visual de cada conjunto tanta por su valor estético como semántico. En este sentido podemos señalar que se trata de imágenes y objetos ambiguos cuya factura sugiere la presencia de relicarios o estuches de nostalgia, como ejemplo podemos señalar aquellos atados de imágenes cortadas que asemejan legajos de misivas que han sido guardadas pacientemente. Otras veces, las evocaciones bordean el litoral del erotismo, la sutileza, lo que resiste a ser olvidado, o marcan un apego por los juegos visuales y las relaciones inesperadas. En el curso de su carrera Litowitz ha mostrado un apego inquebrantable por la piel que cubre las cosas, de allí que podamos señalar un movimiento creativo que oscila entre la seducción y la experimentación con una variedad de materiales de plena riqueza al tacto y a la mirada.
III
En el curso de todas las piezas se privilegia el gris como tono omnipresente del conjunto. En la historia del arte algunos movimientos y artistas han hecho de este color su principal interlocutor, baste recordar la insoslayable riqueza del cubismo –las magistrales obras de Picasso y Braque- o la herencia pictórica de Rufino Tamayo para quien el gris era el silencio que permitía exaltar el ejercicio intelectual de la mirada sobre la realidad, en el artista oaxaqueño significaba el compás de una sinfonía. En el caso de Laurie Litowitz el gris se despliega en una pléyade de matices. De allí que exista una relación necesaria entre cada pieza y la totalidad que es mostrada como instalación-intervención, entre las mesas y repisas de trabajo, y de éstas con la pieza del patio en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. Por esa razón no se subraya el valor de unicidad de cada obra, antes bien se engrana el peso y valor expresivo del conjunto.
El gris va de los parajes naturales –la tierra quemada de Tlacochahuaya- a los entornos urbanos, de las plantas a los animales, de los frutos a los seres humanos. Habita y despliega a lo largo del espacio. El adentro y el afuera se interconectan; los espacios capturados al interior de cada imagen dialogan con las piezas en volumen y todo reverbera en una suerte de juego de espejos que culmina en la gran intervención. Las cenizas en el patio se ligan al paisaje de Tlacochahuaya logrando que la imagen del espacio exterior se transpole al interior del recinto de exhibición, del espacio natural a lugar de preservación y difusión del arte. En este proceso la artista juega el papel de demiurgo que controlado el peso y ritmo de los cambios de estación, haciendo que el universo visual de la gran intervención sea una continua fuente generativa de experiencias y encuentros. Así como las cosas cambian su tono de piel con la luz del sol o de la luna, también en este paisaje interior no solo las cosas estarán cambiando su textura, más aun la configuración del mismo seguirá el pulso de la mano creativa de la artista y cual laboratorio visual contendrá nuevas soluciones formales y compositivas. No obstante el valor creativo del azar, aliado inseparable de la producción artística, afectará el curso de estos procesos al tenor de los cambios atmosféricos. Y nuevamente, en este juego de espejos, la fotografía recogerá los matices de nuevos grises.
En este continuo encabalgamiento de tonos, lo que la artista busca es poner en juego estados de percepción que lleven a notar, como una gran metáfora, que todo en la vida es cambio, transformación, que hay una gran interdependencia de los seres y las cosas, pero también una gran inestabilidad e incertidumbre en la existencia. |