Graciela Iturbide fotógrafa  
     
 

Foto: ©Lucero González
Graciela Iturbide: pasión por el asombro
Por Angélica Abelleyra

De pequeña su mayor placer era adentrarse en el ropero con los álbumes de familia y robarse algunos retratos con bordes de piquitos. Corría a su recámara y miraba aquellas fotografías que su padre había tomado en el campo o en las fiestas de cumpleaños. De inmediato las escondía y se afanaba en otra pasión: la escritura de cuentos que plasmaba en una libreta.

Tendría once años y uno de los regalos de Navidad que más apreció Graciela Iturbide (DF, 1942) fue una camarita Kodak con la que vio de cerca por primera vez su mundo. Vivía en Aguascalientes y el disfrute de la imagen se acrecentó con la llegada de la revista Time que devoraba con ansia. Sin embargo, deseaba ser escritora, se casó, tuvo tres hijos y ya ama de casa, se enteró de la existencia de una escuela de cine donde podría continuar su placer de ver la vida a través de un visor. Pero ahora, en movimiento.

Ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM y allí conoció a Manuel Álvarez Bravo. A ella no le correspondía el curso pero Álvarez Bravo le permitió la entrada, a los cuatro días la invitó a ser su achichincle y allí empezó su enamoramiento pleno de la imagen.

“Lo acompañaba siempre a trabajar, a escuchar música y ver libros, sobre todo de pintura. Con él no aprendí ni a revelar ni a imprimir. Mi mayor suerte fue estar cerca de lo trascendente: experimentar su sentido del tiempo y de la contemplación. Él tiene una relación poética con el tiempo, para ver, escuchar música y hasta para pensar. Eso fue lo que más me emocionó, el no precipitarse”.

Año y medio fue su ayudante y después empezó a trabajar como fotógrafa en varias revistas. En 1974 viajó a Panamá y realizó un reportaje sobre Omar Torrijos. En México documentó operaciones, hospitales y partos; también fiestas populares y las culturas indígenas para el Fondo Nacional para las Artesanías (Fonart) y para el Instituto Nacional Indigenista (INI).

Allí inició su camino en la foto y fue un regalo del cielo porque luego de conocer a los seris y hacer el libro Los que viven en la arena (1980), vino el proyecto de Juchitán de las mujeres. Francisco Toledo la invitó a tomar fotos para llevarlas después a la Casa de la Cultura de Juchitán. El trabajo se amplió y se hizo un libro (Ediciones Toledo, 1989) que fue premiado en Francia.

Caminante por parajes de India, Oaxaca, Sonora, Louisiana y Mississippi; deteniéndose en escenarios donde reina una cerca, un muro, un pastizal seco o una planicie llena de pájaros, sólo enfoca si algo le sorprende. De allí sus cuadernos de viaje (junto con el poeta Roberto Tejada) sin más determinaciones que el asombro, lo inesperado y hasta el sin sentido, siempre con las marcas inevitables que encuentra de sus gurús  Josep Koudelka y Christer Strömholm.

Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (07/enero/2001). Integra el libro editado por la UANL

 

 

 

 
     
 
 
 
 
 
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