Ana Gómez
Artista y diseñadora gráfica. Fue discípula del maestro Gustavo Pérez.
Desde 2006 trabaja en su propio taller en la Ciudad de México.
Cuenta
con cuatro exposiciones individuales y más de 27 colectivas en México
y en el extranjero. Fue becaria del Programa de Estímulos a la
Creación y al Desarrollo Artístico 2006-2007 Coahuila, México y obtuvo
el 1er lugar del concurso de escultura Concretarte en 2008.
Ha sido
seleccionada en diversas bienales, entre las que destacan: 1° Bienal
Olga Costa de Pintura y Escultura en 1998; 2ª Bienal de Cerámica
Utilitaria en 2003; 4ª. Bienal Mundial de Cerámica de Corea 2007
(donde obtuvo mención honorífica); 8° Festival Internacional de
Cerámica de Mino, Japón y la 2ª Bienal Internacional de Cerámica de
Marratxí, de Mallorca, España en 2008. Su obra forma parte de la
colección permanente de Ichon World Ceramic Center en Kyonggi, Corea.
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Textos sobre mi trabajo
Hay materiales que se explican a sí mismos. Materiales algunos, que en
su inercia inerte son acción y reacción, contenedor y masa.
Rompecabezas fragmentado al infinito. Unidad y Total. El barro,
materia primigenia, comprende la nobleza que sólo da la tierra; el
suelo que pisamos, los caminos que andamos y los pozos de los cuales
bebemos. La relación de este material con su contexto es casi cósmica.
No es coincidencia que en prácticamente todas las culturas el barro
forme parte de la mitología que da carácter a la historia de un
pueblo. Su condición amable lo ha llevado así a compartir la historia
del hombre, sea como vasija o escultura o como casa u horno. Al final
una forma que contiene y desborda, un objeto con una geometría atómica
perfectamente imperfecta. Sin embargo, se ha explotado poco este
material por los artistas contemporáneos de los últimos tiempos, más
preocupados por generar un discurso visual y político a partir de los
mass media o la tecnología. Situación esta, por supuesto,
perfectamente válida y comprensible. Quizá se tiene una idea errónea
del material que le da un aura hasta cierto punto contemplativa y
hedonista. De entrada, una percepción equivocada si pensamos en el
barro como materia dispuesta: energía esperando transformarse. Quién y
qué haga con ella es asunto aparte.
En el caso de Ana Gómez, encontramos un conjunto de obra que descansa
en un limbo apacible, una frontera donde lo utilitario no lo es, donde
una vasija sin fondo no espera contener sino al aire que la invade y
donde los objetos parecen más cercanos al diseño y la sofisticación
que a la escultura. En las piezas tituladas Mandalas podemos ver un
conjunto visual delicado y complejo dentro de su sencillez. En estas
piezas se funden el dibujo y la forma. Cada esfera es una cartografía
de la mente y cada pequeño esgrafiado es una ruta. La propuesta de
Ana encuentra en Solarium (la más ambiciosa de sus piezas) el eslabón
que puede conducirla a nuevas posibilidades. Este escenario parece
situarnos frente a un colapso. Es una escena a la vez atractiva y
dramática. ¿Asteroides fragmentados, medias naranjas o solo piedras
cuidadosamente rotas?
Es justo esta condición de fragilidad lo que hace a este material tan
seductor. Independientemente de términos técnicos o definiciones
eruditas, lo que tenemos al final es tierra entre las manos.
Fertilidad en todos los sentidos. Después de todo no somos sino
hombres de lodo cociéndose al sol.
Balám Bartolomé.
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Frente a la obra de Ana Gómez uno puede seguir la ruta que sigue la
contemplación de un universo. Es la misma ruta que ella parece haber
trazado ya, en el proceso creador.
En un principio, la concepción íntima de piezas individuales—vinculadas por razgos familiares, pero individuales al fin— sometidas
a trazos y formas que les otorgan una disposición casi natural a ser
intervenidas y manipuladas, una pieza terminada es sólo el punto de
partida para la creación de otra más compleja. Así, una obra es un
individuo. Pero también puede ser la comunidad de éstos, su
multiplicación. Su actitud de especie.
El círculo como detonador. Luego la repetición, la confrontación de
los contrastes, su nuevo acomodo hasta la formación de constelaciones
irrepetibles. Como si el proceso de creación fuera una alegoría
involuntaria de lo divino, el siguiente paso es la puesta en marcha de
una paciente improvisación. No obstante, parecemos estar frente a una
obra regida por un ritmo natural e ineludible, un ojo estético que
hace la última tarea y que se asoma —pero no concluye— a una armonía
que no parece premeditada. Los elementos ahí están. Ellos (su caos)
habrán de arreglarse. Su formación no es contundente ni definitiva.
Da la apariencia de que Ana no ha terminado. Que cada pieza nueva es
apenas el cuerpo más joven de un universo personal que —como aquél al
que evoca— parece estar en constante expansión, sometido a una
evolución sutil y ordenada. De ella es también una suave ironía sobre
dicho universo: los cuerpos sólidos que parecen suspendidos en un
movimiento lento e imperceptible. El barro —con su condición terrenal—
y su osada búsqueda del aire como territorio. Su fragilidad
voluntaria.
Se adivina en Ana Gómez una intención lúdica por concluir lo que
somos: dos cosmos. Una pieza es, a la vez, cuerpo y partícula. Una
pieza es—permítanse aquí las analogías con lo humano— cambio,
adaptabilidad, mutación. Una pieza es la parte mínima, sólida e
irreductible, de una obra que —ante todo— parece tener la hermosa
condición de un fluido. Así contémplese.
Alfonso Ochoa
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www.anagomez.com.mx
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