Cuadernos de dieta
Por Ana Casas
Llevé cuadernos de dieta desde 1986 hasta 1994. Empecé el primero a los veintiún años. Nunca pensé en mostrar las fotos a nadie, las tomaba guiada por una profunda necesidad de mirarme, verificar los mínimos cambios que lograba con las dietas, explorar mi cuerpo desnudo desde ángulos que no me daba el espejo.
En 1988 empecé la dieta de los weight watchers y con la ayuda de mi pareja, quien me cocinaba y me tomaba fotos, logré adelgazar veinticinco kilos en seis meses. Hice un cuaderno en el que pegaba las fotos cada semana. Las fotos de este periodo son ligeramente diferentes porque muestran mi cuerpo a través de la mirada de él y tienen un toque de sensualidad.
Estos cuadernos de dieta se entrelazan a las primeras imágenes de Álbum que tomé en Viena con mi abuela. Son parte de la profunda necesidad de reconstruirme interna y externamente, que me hizo dejar México para irme a vivir en casa de mi abuela. El proceso de mi búsqueda de identidad me llevó a una exploración de la memoria, de las fotos de mi infancia y la relación con mi abuela, paralelamente al registro de los cuadernos de dieta. Durante ocho años anoté absolutamente todo lo que comía y me tomaba fotos con regularidad. Una profunda angustia me hacía tratar de controlar aquello que yo pensaba podía hacer mi identidad menos frágil.
Muchos años después, al final del proceso de trabajo en el libro Álbum, reencontré los cuadernos de dieta y decidí incluir en él algunas de estas fotografías. Para mí, estas imágenes dan cuenta de algo esencial. En la mayoría de ellas, la mirada dirigida a la cámara es aquella que tenemos cuando nos miramos al espejo. Lo inquietante es que no fueron hechas para ser mostradas, son el resultado de un proceso íntimo, cerrado. Abrirlas a la mirada del espectador implica un deslizamiento de mi lugar como autora al de espectadora. No fueron pensadas para ser vistas, son el diario personal de una necesidad cruda de verme, reconocerme, construirme. Son el resultado de la lucha con el cuerpo, de la desazón interna, la búsqueda de identidad.
El cuerpo fotografiado cambia constantemente, adelgaza, engorda, se transforma. Los cuadernos dan cuenta de cada gramo de comida ingerido y las fotos registran cada cambio en la apariencia, como si solo la imagen impresa hiciera real las transformaciones. Pegar las fotos en un cuaderno para después tener una memoria de los procesos por lo que pasó el cuerpo, no perderme en la visión distorsionada de mí misma que me devolvía mi cabeza. Quizás las fotos podrían mostrarme mi apariencia real, sacarme de ese malestar que me embargaba, de la inseguridad de no lograr dar forma a una imagen mental de mi misma.
Creo que al ser mostrados, estos cuadernos de dieta nos sumergen en algo profundo, crudo y privado. Inquietan y lanzan preguntas. Conducen a la reflexión sobre algunas cualidades esenciales del medio fotográfico, sobre la disociación entre la imagen y la experiencia, la perturbadora e inasible relación entre la fotografía y la realidad.
Es por ello que ahora se han convertido en un trabajo independiente que se deriva de Álbum.
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Álbum
Por Ana Casas
El trabajo de Álbum está construido sobre el eje de la relación entre mi abuela y yo, nuestro lazo a través de las fotos. La casa y el cuerpo son las coordenadas que lo estructuran, y la fotografía el medio que nos permite fijar la mirada, dejar a los demás entrar en él. A través de fotos y textos, aborda temas como la memoria, la herencia personal, cultural y la fotografía como forma de explorar la identidad. Álbum fue publicado en un libro en el año 2000 por la editorial Mestizo (España) y presentado en una exposición que reúne fotografías, textos, videos y objetos.
Mi madre me trajo a México a los ocho años. Nací en España y viví parte de mi infancia en Viena, Austria. Trabajé en Álbum durante catorce años. Inicié el proyecto a partir de la profunda atracción que ejercían sobre mí las fotos que mi abuela tomó de los primeros años de mi infancia en Viena. No lograba distinguir mis recuerdos de sus imágenes y sentía que en ellas se escondía un misterio esencial para mí. A partir de esto, realicé una serie sobre algunas fotos de mi infancia, que posteriormente fue ampliándose y adentrándome en la reflexión en torno a la fotografía y su relación con la memoria y la identidad. Poco a poco Álbum se convirtió en una exploración más profunda y abordó temas centrales en las relaciones familiares, la historia de mis antepasados, la construcción del cuerpo dentro de la búsqueda de identidad.
El trabajo se llevó a cabo en varias etapas, siendo la venta de la casa de mi abuela y su progresiva pérdida de la memoria lo que me llevó finalmente a estructurar la historia en el libro. Para construir la narración que lo guía, me sumí en los álbumes, en las fotos de mi abuela, las de mis antepasados y en las mías, en mis diarios, en los de ella y descubrí, una vez más, que nos unía una profunda necesidad de capturar el tiempo en palabras, fotos, grabaciones, películas, videos. Y estos objetos dejan ver el ciclo de nuestras vidas. Mi abuela me fotografiaba de niña, como yo le tomaba fotos durantes sus últimos años y a su vez ella fotografió a su propia madre antes de morir. La necesidad que movió a mi abuela a tomarse autorretratos en el espejo año tras año es la misma que me llevó durante tanto tiempo a tomarme fotos.
La afición de mi abuela por la fotografía y los usos que llegó a darle, me permitieron también enunciar algunas otras cualidades que me interesan de este medio. Por un lado, me brindó el acceso a las imágenes que ella tomó durante toda su vida, así como a otras generaciones y a periodos clave de la historia de la humanidad como la primera y segunda guerra mundial. Por otro lado, me mostraba la forma en que la fotografía entrelaza nuestros deseos con la representación de los medios de comunicación en el mundo contemporáneo. Mi abuelo salía con frecuencia en los medios y cuando dejó a mi abuela, ella continuó retratándolo en la televisión. De niña incluso me hacía posar junto al televisor. Esta dramática fe en la fotografía como reparadora de ausencias*, muestra cómo el espacio privado se mezcla con el público y nuestros anhelos parecen perderse en la confusión de la representación de los medios.
Ahora sé que mi abuela fue testigo de un tiempo que ha marcado profundamente mi vida, sus fotos son muestras de afecto y a la vez rastros de momentos que nunca terminaré de descifrar. Fue la relación con ella, el silencioso lazo a través de la cámara, lo que me ha hecho percibir a la fotografía como un acto de atención y una forma de relacionarme vitalmente con el mundo.
Me miro para olvidarme
Por Angélica Abelleyra
¿Mi casa es mi cuerpo o mi memoria? ¿Qué tanto de nosotros es olvido? ¿Cómo retratar las alucinaciones y los huecos de nuestra propia historia? ¿Logrará la desnudez de la piel mantener intacto el misterio?
Desde niña, Ana Casas Broda (España, 1965) hojeaba el álbum de fotografías de su abuela y sin quererlo iba anotando las claves de varios secretos. Era la vida de Omama, su cómplice de ochenta y tantos que tomó la afición de fotografiarse como su vía de relación con el mundo. Pero las imágenes también eran el camino con el cual Ana podía construir su propio lazo construido entre Granada, Viena, Nueva York y la ciudad de México.
Hija única hasta los 18 años en que llegó Sarya, el dibujo fue su mejor compañía durante su infancia al lado de su abuela austriaca, el padre andaluz avecindado en Manhattan y su madre vienesa que la trajo a México al cumplir los ocho. Iba y regresaba de Viena y cuando hubo de escoger una profesión la persiguieron las indefiniciones. Pensó primero en Filosofía, luego en Historia pero logró dos años en la Escuela Nacional de Artes Plásticas sin concluir la carrera pues prefería ocuparse en el laboratorio de fotografía que sería su pasión de vida.
Descubría a artistas de la lente como Dwayne Michels y Josep Koudelka, sus amigas le posaban para retratos y hasta se convirtió en asistente de Manuel Álvarez Bravo durante seis meses para ayudarle a ordenar el acervo para el Museo de Fotografía que patrocinaría Televisa en los años 80. Sin embargo, Ana refrendó su placer por la foto cuando retrató a un pintor que devino en pareja y, sobre todo, en 1988 que materializó su complicidad con la abuela mediante un proyecto visual que tardaría 14 años de una relación de amor, ejercicio con la memoria y exploración del cuerpo.
Álbum se convirtió en una reflexión de la historia familiar y del tiempo, a través de exposiciones y un libro que marcaron su trayectoria. No sabe aún si ubicarse como fotógrafa pues además de que no toma su cámara para captar todo compulsivamente, tampoco circunscribe su interés a la técnica del medio sino en la vivencia al tomar una foto y la posibilidad de que algo se transforme, sea en el retratado, en el responsable de hacer clic o en el escenario donde todo acontece.
Fotos tomadas por su abuela desde adolescente; retratos, cartas de amigos y familiares (muertos en campos de concentración); películas, grabaciones y videos integran el acervo al que añadió tomas en los mismos sitios donde antes su abuela se autorretrató y la captó a ella; espacios llenos de olor a jardín y asilo, antes y después de la operación que le dejó a Omama un seno huérfano y esos ojos serenos, llenos de preguntas. Ana sumo a eso la propia exploración de su piel mediante los cuadernos de dieta y los desnudos en los que se ubica con los kilos de más o menos que han ocupado su estructura, siempre en cierta desaprobación.
Una vez la abuela le dijo (murió en enero de 2002): “Me siento mejor desde que recuerdo menos”. Ella se conmovió por aquel estado donde algo se borra, reflexionó sobre la línea sutil de desmemoria / certeza y continuó con su deseo de hilvanar esos retazos que desde niña había conocido de historias ajenas. Tras 14 años de buceo, algo ha fluido en ella; a veces se mira con obsesión para olvidarse y no descifra aún las claves que develen el secreto de su casa, construida de cuerpo y memoria.
Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (04/agosto/2002) |