Ana Casas Broda:me miro para olvidarme
Por Angélica Abelleyra
¿Mi casa es mi cuerpo o mi memoria? ¿Qué tanto de nosotros es olvido? ¿Cómo retratar las alucinaciones y los huecos de nuestra propia historia? ¿Logrará la desnudez de la piel mantener intacto el misterio?
Desde niña, Ana Casas Broda (España, 1965) hojeaba el álbum de fotografías de su abuela y sin quererlo iba anotando las claves de varios secretos. Era la vida de Omama, su cómplice de ochenta y tantos que tomó la afición de fotografiarse como su vía de relación con el mundo. Pero las imágenes también eran el camino con el cual Ana podía construir su propio lazo construido entre Granada, Viena, Nueva York y la ciudad de México.
Hija única hasta los 18 años en que llegó Sarya, el dibujo fue su mejor compañía durante su infancia al lado de su abuela austriaca, el padre andaluz avecindado en Manhattan y su madre vienesa que la trajo a México al cumplir los ocho. Iba y regresaba de Viena y cuando hubo de escoger una profesión la persiguieron las indefiniciones. Pensó primero en Filosofía, luego en Historia pero logró dos años en la Escuela Nacional de Artes Plásticas sin concluir la carrera pues prefería ocuparse en el laboratorio de fotografía que sería su pasión de vida.
Descubría a artistas de la lente como Dwayne Michels y Josep Koudelka, sus amigas le posaban para retratos y hasta se convirtió en asistente de Manuel Álvarez Bravo durante seis meses para ayudarle a ordenar el acervo para el Museo de Fotografía que patrocinaría Televisa en los años 80. Sin embargo, Ana refrendó su placer por la foto cuando retrató a un pintor que devino en pareja y, sobre todo, en 1988 que materializó su complicidad con la abuela mediante un proyecto visual que tardaría 14 años de una relación de amor, ejercicio con la memoria y exploración del cuerpo.
Álbum se convirtió en una reflexión de la historia familiar y del tiempo, a través de exposiciones y un libro que marcaron su trayectoria. No sabe aún si ubicarse como fotógrafa pues además de que no toma su cámara para captar todo compulsivamente, tampoco circunscribe su interés a la técnica del medio sino en la vivencia al tomar una foto y la posibilidad de que algo se transforme, sea en el retratado, en el responsable de hacer clic o en el escenario donde todo acontece.
Fotos tomadas por su abuela desde adolescente; retratos, cartas de amigos y familiares (muertos en campos de concentración); películas, grabaciones y videos integran el acervo al que añadió tomas en los mismos sitios donde antes su abuela se autorretrató y la captó a ella; espacios llenos de olor a jardín y asilo, antes y después de la operación que le dejó a Omama un seno huérfano y esos ojos serenos, llenos de preguntas. Ana sumo a eso la propia exploración de su piel mediante los cuadernos de dieta y los desnudos en los que se ubica con los kilos de más o menos que han ocupado su estructura, siempre en cierta desaprobación.
Una vez la abuela le dijo (murió en enero de 2002): “Me siento mejor desde que recuerdo menos”. Ella se conmovió por aquel estado donde algo se borra, reflexionó sobre la línea sutil de desmemoria / certeza y continuó con su deseo de hilvanar esos retazos que desde niña había conocido de historias ajenas. Tras 14 años de buceo, algo ha fluido en ella; a veces se mira con obsesión para olvidarse y no descifra aún las claves que develen el secreto de su casa, construida de cuerpo y memoria.
Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (04/agosto/2002) |