Julia Barco: El video, una manera para entendernos
Por Angélica Abelleyra
No es una persona proclive al verbo. Su lenguaje está hecho de imágenes más que de palabras. Y sus videos son cúmulo de las impresiones que le ofrecen viajes por calles y barcos, fiestas y templos que le resuenan en el corazón y el cerebro para entender (se) el mundo.
En el trabajo de Julia Barco (1953), esos periplos externos se convierten en recorridos interiores, cada vez más abstractos, donde pretende detonar pequeñas granadas al interior de cada espectador, a la manera en que Juan Carlos Botero estructura en su libro “Las semillas del tiempo” esas mini-estructuras narrativas que Hemingway descubrió en 1923 y luego el colombiano llamó “epifanos”. Así, de forma corta, fragmentada, cual pestañeo, la videoasta añade algo distinto a nuestra apreciación de un muro divisorio entre ciudades y países, a unas caderas tehuanas en vaivén continuo en el corazón del Istmo o a los atisbos sensuales del espacio doméstico.
Viajera constante, se mueve entre el DF, la ciudad de Oaxaca y Colombia, donde desarrolla por igual esa fascinación por la imagen con que creció de niña. Recuerda que en lugar de pulseras o algún juguete como regalo de cumpleaños, prefería una cámara para tomar fotos de su entorno y familia. Estudió Comunicación en la Universidad de Cornell y la maestría en estudios visuales en el MIT (Massachussets Institute of Technology), ambos en EU, aunque de manera menos formal tuvo estancias en España para aprender cine.
En la década de los 80 vino a México, hizo su tesis sobre el Istmo y la intrigó la riqueza y diversidad cultural de Oaxaca, en donde hizo trabajo de campo para el Instituto de Investigaciones Sociológicas de la UABJO. Aquel estado fue un “abre-ojos, un abre-mente” cuando conoció comunidades y costumbres indígenas tan disímbolas como llenas de sabiduría. Además, la experiencia en el Grupo de Estudios sobre la Mujer Rosario Castellanos (también en Oaxaca) le alimentó un sesgo social que amplió con su llegada al DF y al establecer contacto con otras ONG ligadas al feminismo, a los derechos de las mujeres y en contra de la violencia de género. Dicha labor de difusión y capacitación mediante el video le satisfacía en contenidos sociales y labores didácticas, sin embargo le frustraba un poco la escasa experimentación con las imágenes.
Su camino se aclaró cuando la tecnología puso en sus manos cámaras de video más modestas en tamaño pero de gran calidad, así como computadoras que le permitían la edición del material de una forma orgánica y rica para dar sentido (ni anecdótico ni lineal) a su forma intuitiva de captar fragmentos de “realidad” y conformar otra, la suya, en piezas que se han mostrado en Canadá, España, Ecuador, EU y México y han recibido becas de las Fundaciones Mac Arthur y Rockefeller.
Una docena de piezas conforman la filmografía principal de Julia Barco: Slow food, maíz nuestro de cada día (donde es un arte producir la masa perfecta para la tortilla perfecta); Welcome to The Shinkansen (nombre del tren rápido en Japón que le sirve de pretexto para hacer un homenaje a la estética japonesa en ese vaivén de frenesí tecnológico y quietud zen); Checkpoint/Paso (una lectura dual de los muros que dividían antes a Berlín y ahora alejan cada vez más a los habitantes de México y Estados Unidos); Frames/Cuadros (anotaciones en forma de diario sobre la persistencia de la visión); Latitudes (recreación sobre los enfrentamientos Norte-Sur), Chelas y pañuelos (el erotismo y el juego en una fiesta tradicional en Juchitán, Oaxaca) y Gong (lecciones de un viaje a Vietnam), por mencionar algunos.
Ahora, esos ritmos, impresiones, pestañeos y observación atenta, lúdica y lúcida de Julia Barco se dirigirán hacia los senderos de la problemática ambiental sobre la cual anida aún tanta inconsciencia y letargo colectivos.
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