Yolanda Andrade Fotógrafa  
     
 
 
Yolanda Andrade: la foto, una forma de reconciliación
Por Angélica Abelleyra

Se pierde en las ciudades pequeñas y no se halla en los paisajes con olor a campo. Por eso, Yolanda Andrade (Villahermosa, Tabasco, 1950) insiste en su fascinación por fotografiar lo urbano, con sus escenarios de asfalto habitados por gente, fiestas populares, rituales y caos.

Siempre quiso hacer teatro o cine. Como hija única, jugaba a interpretar los personajes que había visto en las películas, y su imaginación se aderezaba con las historietas de Batman, Memín Pinguín o La Pequeña Lulú. Si bien tenía una camarita desde los ocho años, nunca se le ocurrió que la fotografía podría servir para algo más que testimoniar las fiestas y cubrir trámites para la escuela.

Quinceañera, tuvo su primer trabajo en Ciudad Pemex como oficinista. Con su primer sueldo compró una cámara con un lente alemán excelente y de regalo cambió a su madre el baile con chambelanes por un viaje a Acapulco más la ciudad de México. A la capital llegó en 1968. La movilización estudiantil en las calles le pasó de noche  pero ya estaba viviendo una revolución interna: su anhelo juvenil de estudiar teatro se le cumplía al inscribirse en una escuela para tal fin y tiempo después al ingresar al taller impartido por José Luis Ibáñez.

Ese ámbito de lectura y creación la ocupó hasta 1973, con mucho trabajo de oficina y cierta familiarización con las entrañas del cine a través de Rubén Broido. Pero la muerte de su madre le generó tal crisis personal que dejó de interesarse por el teatro. El gusanito de lo creativo permanecía sin asidero hasta que alguien le habló del Club Fotográfico de México.

No era la mejor época de la escuela. Habían pasado ya los buenos tiempos con Pedro Meyer y Lázaro Blanco a la cabeza, así que a Yolanda se le amplió el horizonte al leer en una revista sobre el Visual Workshop en Rochester, NY. Estudió en Estados Unidos a lo largo de un año y ese fue su verdadero inicio en el terreno que le ocupa desde 1976: la fotografía. Desde entonces ha ganado becas en México y Estados Unidos; ha expuesto su trabajo en Canadá, Europa y varios estados de la República Mexicana e imparte talleres y conferencias.

Alumna de Nathan Lyons, quien la ha marcado, empezó a ver la foto como lenguaje y forma de creación relacionada con el intelecto, la propia experiencia y los gustos para crear secuencias y diálogos con el espectador. A partir de ese contacto formativo, Andrade no concibe la imagen aislada. Observa su trabajo como seriales que dan cuerpo a libros, de la misma manera que lo hacen Robert Frank o Walker Evans o Lee Friedlander o William Klein, sus figuras tutelares.

Con ese discurso visual ha creado desde hace diez años su Pasión Mexicana, serie alrededor del Distrito Federal que ella ve como sorpresa cotidiana en los personajes, las fiestas populares y, a fin de cuentas, en la puesta en escena frente a la cual se levanta a diario el telón pese a las incertidumbres, los miedos y la eterna tensión a la que nos tiene sometidos.

Un mundo cargado de una mirada andrógina revalorada, de un rescate de esa sensibilidad femenina y masculina que vamos dejando en el camino sin comprender de una manera más incluyente al mundo.

Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (12/mayo/2002)

 

 
     
 
 
 
 
 
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