Lourdes Almeida Fotógrafa  
     
 

Foto: ©Lucero González
Lourdes Almeida: más allá de chiripadas
Por Angélica Abelleyra

Se considera autodidacta. O, como un amigo suyo le dijo algún día,  fotógrafa por dislexia, ya que si bien no logró dedicarse al desnudo mediante el dibujo que estudió en Florencia, esta calidad de piel y cuerpo humanos sí los captura hasta hoy con la cámara. Así, Lourdes Almeida (DF, 1952) se esfuerza por captar el gesto amable en gente de campo, en paredes llenas de altares o hasta en presidentes o aspirantes a serlo en nuestra atribulada Latinoamérica.

            Su acercamiento con el arte fue a través de la pintura. Su madre tenía una academia y la pequeña jugaba a embarrarse de colores. Formada en La Esmeralda, su madre era gran lectora que compartía cuentos con los siete hijos por lo que la niña era más asidua al guiñol y al Libro de los Por qué del Tesoro de la Juventud, que a los programas de televisión.
Entonces, la foto sólo aparecía en el álbum de los recuerdos familiares o en la temprana afición por husmear en el cuarto oscuro de su vecino, Don Joaquín. Hizo estudios en el área comercial, trabajó de secretaria por un año pero se casó joven, apenas de 19 años, cuando viajó a Italia con Luis, quien fue su compañero de vida y proyectos profesionales durante muchos años.

En Florencia, dedicó sus días a dibujar en la Escuela Libre del desnudo. En la biblioteca del museo de los Uffizzi veía dibujos originales de Rembrandt y Tiziano; por las mañanas hacía dibujo y en las noches, foto. Pero más que hablar de lo que le gustaba entonces, sabía lo que no le gustaba: tomar la cámara y andar por la calle en búsqueda de situaciones que ni le interesaban. Ya de regreso en México, lejos del trazo con grafito en el papel, halló en los libros la foto construida. Para Lourdes ésa era la manera de alimentar su vena creativa. Rayando el sol  fue una de sus primeras series en las que captaba en Polaroid decenas de muros abstractos. Luego fotografió ventanas peculiares, guadalupanas y altares religiosos populares, aunque de manera paralela hacía desnudo y retrato de poetas.

Lo que el mar me dejó fue su primera puesta en escena convertida en fotografía. Fue su destape en el arte de la foto construida, ese objeto impreso que relata la verdad de cada fotógrafo y que por lo tanto admite todos los permisos que el autor puede otorgarse hacia una realidad inventada. Por eso, esta veta ha sido una de sus preferidas y por eso la desarrolla a partir de los temas. “Una buena foto es una chiripada. Diez fotos ya no los son”, admite al enlistar sus obsesiones: vírgenes, cuerpos desnudos, familias y personajes anónimos o famosos.

Más proclive a ver el vaso medio lleno, Lourdes cree de veras en la posibilidad de retratar el lado amable de los políticos. Lo hizo en la primera Cumbre de Presidentes de Iberoamércia en Guadalajara hace ya algunos ayeres. Le divirtió pero no lo repetiría porque “hay mucha grilla e intereses creados”. Lo que más le molestó es la tontería de que muchos le cuestionaron que por haber sido seleccionada se había metido a la cama con no sé cuántos políticos de medio pelo. Ella ríe y de cualquier manera ha retratado tanto a Carlos Salinas y Daniel Ortega como la marca Vel Rosita. Y aunque sabe que la foto publicitaria paga muy bien, sólo la hace en contados casos para continuar sus proyectos personales, esos en los que no figura la politiquería ni el comercio  sino el juego limpio y creativo.


Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (10/abril/2005)

 

 
     
 
 
 
 
 
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