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Fotografiar para recordar

Lunes, 26 Mayo 2014 12:09 Escrito por Angélica Abelleyra    
Dice que los negativos son el archivo de su memoria y lucha a diario para no hacerse floja al dejar sus recuerdos encajonados y sin revelar. Para ella, fotografiar es coleccionar instantes, atmósferas y estados de ánimo con los cuales intenta arrancar la verdad de nada, atrapar lo que ve y siente.

Primero lo hizo dentro del fotoperiodismo pero, “por razones que el corazón no entiende”, desde hace varios años Elsa Medina (DF, 1952) abandonó esa tarea de cumplir órdenes de trabajo para retratar a diario la vida política y social de México. Ahora, además de dar talleres de foto, prefiere atrapar con su cámara varios rincones de su casa, algunos ronroneos de su gata Chega, los reflejos de luz en el mar y cierta esperanza en la mirada de su madre enferma.

Lo primero que le atrajo fue el Diseño Industrial que estudió por un año en la Universidad Iberoamericana. Sin embargo, su traslado a Tijuana en los años 70 truncó esa carrera, la hizo cruzar a diario la frontera para tomar clases en la Universidad de San Diego State y encontrar la fotografía como fuente para crecer.

Con un hijo, y separada de su pareja, regresó a la ciudad México para laborar en un despacho de diseño gráfico donde hacía el café. No tenía idea del inabarcable universo de la foto pero aceptó un trabajo en el Consejo Nacional de Población (CONAPO); viajo por cinco estados para retratar comunidades pero sintió que le pesaba la parte técnica aprendida en San Diego y le hacía falta una reflexión humanística que ejercitó por un semestre en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Sin hallarse todavía, incursionó en la producción audiovisual hasta el día que supo de unos cursos a cargo de Nacho López en el CUEC, colgó las escuadras y dirigió todas sus energías hacia la fotografía. Aquél maestro fue el impulso que necesitaba. Elsa lo recuerda acompañado de su grabadora para ofrecer la clase y con una enorme claridad al hablar de su oficio e invitar a los alumnos a analizar imágenes, criticar el trabajo y reflexionar. “Nacho me abrió los ojos y me ayudó a estar consciente de que cada uno de nosotros fotografía a partir de lo que somos, de nuestros prejuicios y atavismos; a partir de una posición critica me impulsó a aprender cómo la foto puede ayudarnos a entendernos como individuos en esta sociedad”.

Las andanzas en el grupo de Nacho López, entre 1983 y 1985, le significaron una enorme experiencia en la calle. Junto con sus colegas Andrés Garay, Guillermo Castrejón y Renato Ibarra, Elsa participaba en concursos y retrataba movimientos sociales como el nacido en el DF con los sismos del 85. Un año más tarde entró a La Jornada y en este medio creció como foto reportera hasta 1999, con corresponsalías en Tijuana y varias ciudades de Guerrero.

El fotoperiodismo lo vivió como un aprendizaje constante. “La cámara te da la coartada perfecta para estar en medio de los hechos. Todos esos años fueron de una gran responsabilidad porque el oficio te convierte en los ojos del periódico, condición de la que no siempre estamos conscientes”. Alejada de esa talacha diaria, y en proceso de hacer “un corte de caja”, Elsa se sorprende por los intereses que hoy le ocupan corazón y mente: el mar, la luz, retratar a su familia, su casa y su mascota felina.

Texto publicado originalmente en La Jornada Semanal (20/julio/2003)
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