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De ajetreos y nostalgia

Lunes, 23 Diciembre 2013 15:52 Escrito por Centro Cultural Arte Contemporáneo AC

Los caballos y el circo la hechizaron. Una manada de animales salvajes la atropelló, saliendo ilesa, y se extravió por 24 horas con un grupo de cirqueros ambulantes cuando apenas sumaba dos años. Ambas circunstancias formaron parte de los sueños y la pintura de María Izquierdo (1902-1955) pero su arte trascendió la anécdota traducida en mexicanidad desbordada y vitalidad popular que muchos le endilgan de manera excluyente. Pintó eso que le fue cercano pero lo hizo de manera más completa y compleja, con un lenguaje pleno de metáforas visuales de condición á veces sórdida y dolorosa, con añoranza por la inocencia perdida.

Estos elementos de contenido menos festivo han sido señalados por el especialista Oliver Debroise y complementan las aportaciones de la artista jalisciense que el 3 de diciembre cumplió 50 años de muerta. Una creadora que ofreció no sólo júbilo a la vida bohemia de la primera mitad del siglo XX mexicano sino que con su obra desarrolló “un sofisticado expresionismo que apunta, más allá de las convenciones, a la libertad creativa total”. (Debroise)

María Cenobia Izquierdo Gutiérrez nació en San Juan de los Lagos y muy pequeña quedó bajo la tutela de los abuelos en ese punto de Jalisco. Luego viajó con sus padres a Aguascalientes y más tarde vivió con su madre en Torreón y Saltillo. Las misas de seis de la mañana formaron su vida hasta que la casaron con un militar a los 14 años.

Una vida provinciana con tres hijos y mucho tedio cambió cuando el matrimonio se trasladó a la ciudad de México en 1923 y ella ingresó a la Academia de Pintura y Escultura de la SEP. Germán Gedovius era su maestro pero la rutina no le agradó y trabajó en casa. Eran tiempos en que Diego Rivera, director de la antigua Academia elogió su pintura, causando rechazo entre muchos alumnos por considerar “una estupidez” aquella obra.

La agresión no influyó en la naciente artista. Siguió pintando para refrendar su independencia creativa y vital. Se separó del esposo, disfrutó del ambiente bohemio en la época y se alió amorosamente a Rufino Tamayo. Ambos ejercieron entre sí una clara influencia en temas y composición pictórica, a la vez que la pareja se familiarizó con la intelectualidad reunida en torno de la revista Contemporáneos.

Vinieron sus primeras exhibiciones en México y EU y también la enfermedad del corazón que la apartó del taller, sus clases de pintura para mantener a los hijos y la parranda que concentró en su casa y en el cabaret Leda.

Una segunda relación amorosa marcó de nuevo su vida y obra. Raúl Uribe, chileno y mal pintor, influyó en la obra de Izquierdo, concentrada entonces en retratos y naturalezas muertas con una visión menos imaginativa y fresca que antaño, a decir de la especialista Sylvia Navarrete. Sin embargo, hacia la segunda mitad de los 40, resurgió su creatividad en paisajes urbanos y campestres colmados de guachinangos y caracoles; alacenas, caballos solitarios y autorretratos misteriosos.

Tras colaborar en la revista Hoy para lanzarse contra los muralistas, galeros y manifestar sus propios gustos por la pintura figurativa, mostró su trabajo dentro y fuera del país, recorrió Perú y Chile (donde se casó con Uribe), tuvo éxito de crítica y venta hasta el retorno a México donde fue rechazado su mural en el Palacio del Departamento del DF. Diego Rivera y Siqueiros consideraron que su colega no tenía la práctica suficiente en la técnica del fresco. Todo quedó en proyecto.

Trascendido el fracaso, la pintora continuó aliando al misterio aquellos objetos que le eran cercanos: juguetes, dulces, mitologías infantiles, amores. Y al tiempo que convivía con palomas, perros, una gallina, un perico y un chango, vestía de enaguas y encajes. Una hemiplejia le paralizó el lado derecho del cuerpo por ocho meses; luego prosiguieron dos embolias y una penosa recuperación que le permitió seguir pintando. Divorciada de Uribe, una cuarta embolia le impidió presenciar el Homenaje organizado por el INBA que en su honor se inauguraría ocho meses después de su muerte, a los 53 años. Eran 75 cuadros que revelaban aquel universo de sueños, misterio, añoranza, juego, circo y dolor de una de las primeras artistas profesionales de México y que ahora está siendo revalorada cada vez más.

(*) Citas y datos tomados del libro María Izquierdo. Centro Cultural Arte Contemporáneo AC, 1988. Este texto se publicó en la columna Mujeres Insumisas de La Jornada Semanal (31/dic/05)
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