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La fragilidad como fortaleza

Jueves, 19 Diciembre 2013 14:06 Escrito por Carlos Aranda Márquez | Tlalpan, México 1 de marzo de 2008

Son muchas las imágenes en la cultura occidental donde las labores femeninas como el bordado y el tejido tienen un papel protagónico, quisiéramos solamente seleccionar algunas que denotan elementos arquetípicos y simbólicos fundamentales como son el tapiz que teje y desteje la paciente Penélope durante diez años para esperar a Ulises, o el trágico destino de Aracne, castigada por su soberbia. Las artistas contemporáneas se parecen mucho a estas dos mujeres, la paciencia para crear una obra y esperar, a veces, muchos años para ser reconocidas y en el peor de los casos ser castigadas por retar un sistema que privilegia la creación hecha por hombres.

Gabriela Gutiérrez ha optado por un camino intermedio. De inicio, fue pintora pero la vida y el taller generan siempre mecanismos para investigar nuevos procesos para descifrar la fragilidad. Esta exposición surge de dos propósitos: El primero es el trabajo con dibujos, mapas imaginarios hechos a base de pieles de animales y pinturas intervenidas; el segundo, viene de una intensa exploración en el uso del cabello sobre diferentes soportes. Ahora, la artista ha seleccionado este último material como agente motor de conducción de su energía.

Partamos del momento más íntimo y a la vez el más fuerte: Gran Animal es un nuevo mapamundi en el territorio inexplorado. A mitad de camino entre pintura, escultura, víscera abierta en canal, velo sagrado, ofrenda sacrificial, la obra niega cualquier condición de posible identificación de qué es. Nos atrae y nos repele. Nos remite a dos momentos difíciles: cuán cerca estamos de las cavernas en las que dibujábamos hace unos miles de años y el futuro gutural no muy lejano al que galopamos en loca carrera. La pieza es el espejo de humo negro de Tezcatlipoca, donde podemos vernos y cobijarnos.

Gabriela Gutiérrez se atreve así a sugerir que es en la fragilidad del material, del discurso plástico, donde encontraremos la fortaleza de encarar las nuevas preguntas. Veamos esa escultura, otra vez, una pieza de expiación: Vestido de pelo es inquietante. Vestido materno, cotidiano, vestido que se transforma en una oblación al reunir esos pelos. Si la imagen de Coatlicue, que vemos en los museos, es aterradora es porque es el arquetipo que se repite una y otra vez en las imágenes de otras Diosas. Muchas de las obras sugieren un erotismo primitivo y abrasador donde el único cobijo son estos hilados de cabellos para resistir a la intemperie.

Vaca fragmentada es otro momento inconmensurable. Cartografía, escultura bidimensional, ritual, transición de la caverna sedentaria a la búsqueda de lugares más abundantes, memoria, nos guiñe para que nos acerquemos y veamos que no hay peligro. Pero las lascas de las demás obras nos indican que debemos guardar nuestra distancia, que los dibujos hechos con pelo, los óleos de técnica mixta, hablan de noches de adivinadoras que leen el mundo y sus destinos. Platón fue el último convidado a una noche semejante. Y sin embargo, la intención de Gabriela Gutiérrez es mucho más sutil y clara: sus obras son bitácoras para llegar a la luz, a la epifanía en la mitad de la oscuridad. El sonido tenue de sus piezas nos permite salir del laberinto con nuevas preguntas para volver a empezar.
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